domingo, 22 de agosto de 2010

Espacio y Danza desde una perspectiva arquetípica-simbólica (1º parte)



Publicado en Ventizca (revista libro, edición invierno junio 2009, páginas 8-10)

Cuando me convocaron para escribir este artículo lo primero que me surgió, dada mi formación, fueron las categorizaciones mítico-simbólicas del espacio y la danza, sostenidas a través de los milenios por el hombre primigenio y, luego, en forma más elaborada, por los enfoques metafísicos de las diversas filosofías tradicionales y religiones.
Para esta perspectiva el espacio es “una región intermedia entre el cosmos y el caos. Como ámbito de todas las posibilidades es caótico, como lugar de las formas y de las construcciones es cósmico”[1] La danza, dentro de la misma visión, contribuye a esta dialéctica entre Cosmos y Caos, dado que a través de las figuras de los dioses y héroes míticos aporta a la organización de las formas (Cosmos) o a la reabsorción cíclica de éstas (Caos). Las danzas rituales restablecían las relaciones entre el cielo y la tierra ya sea que reclamen amor, fertilidad, lluvia, victoria o incluso la disolución de todas las formas en el ente creador.

El hombre moderno en general, atravesado por la visión científica del mundo puede mirar con desdén esta visión o, incluso para algunos, con cierta nostalgia, y se preguntará como encajaría el hecho artístico en la danza actual encuadrada en múltiples teorías estéticas.
Pero si nos remontamos al origen de la danza hoy denominada clásica podemos observar como detrás de un lenguaje racional estas categorías subsisten disfrazadas bajo un nuevo ropaje, debido a que expresan la energía de los arquetipos. Los arquetipos son los patrones de conducta subyacentes en el Inconsciente Colectivo, la matriz de todos los fenómenos humanos según el psiquiatra suizo C. G. Jung.
El ballet se originó a finales del siglo XV en las cortes italianas. Aunada a la música, la pintura y la poesía exhibía un contenido alegórico-mitológico propio del Renacimiento; período en el cual comienza el lento proceso de liberación del férreo control de la Iglesia de Roma.
Pero es en el siglo XVII en Francia con el rey danzarín Luis XIV que la danza clásica toma su forma más acabada. El primer decreto de Luis como Rey en 1661 fue la creación de la Academia Nacional de Danza a cuyo frente colocó al bailarín y coreógrafo Pierre Beauchamp quien estableció las cinco posiciones básicas de los pies usados en la actualidad.
Es bien conocido el uso político que el Rey-Sol hizo del ballet, incluso este apelativo proviene de haber interpretado al dios solar Apolo en una de sus representaciones. Tanto en su faceta de bailarín como en su rol de estadista, el sol como símbolo espacial de centro se manifestó. A la conocida frase, aunque considerada por algunos historiadores apócrifa, “El Estado soy yo”, la crítica de ballet Isis Wirth, le agrega “y el ballet también”. Siguiendo las categorías señaladas, Luis XIV fue preparando su poder centralizado mediante el espacio simbólico de la danza, en donde giraba, como los planetas alrededor del Sol, en torno suyo.
Esta metáfora cósmica, no es ociosa, en aquel momento, hacia 1660, aún la nueva concepción copernicana del Universo, con el Sol central desplazando a la Tierra, no se había impuesto. La Tierra ocupaba aún ese lugar para la Iglesia en el reformado sistema de Tycho Brahe aceptado en 1616. La adopción del nuevo sistema cósmico con el Sol central convenía y coincidía simbólicamente con la concepción de poder del Estado. El historiador Toumlin lo explica “Lo que es Dios para la Naturaleza lo es el rey para el Estado. Nada más justo y saludable, pues, que el hecho de una nación moderna modele su organización estatal sobre las estructuras que Dios nos deja ver en el mundo de la astronomía. El Rey Sol ostenta su autoridad sobre sucesivos círculos de súbditos, todos los cuales conocen perfectamente el lugar que ocupan y se mantienen en sus propias y respectivas órbitas.[2]

[1] Cirlot J., Diccionario de Símbolos, Labor, Barcelona, 1979, pag. 190
[2] Toumlin S., Cosmópolis, Península, Barcelona, 2001, pag. 182

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