Siguiendo el principio hermético “Como es arriba es abajo” de la Tabla Esmeraldina, el
microcosmos de la danza reflejaba el orden cósmico y se instauraba una nueva organización del espacio. Como reza el Eclesiastés: “no hay nada nuevo bajo el Sol”, ya existían antecedentes de este ordenamiento entre los antiguos griegos, los derviches y en la danza del Sol entre los sioux americanos, cuyas danzas vinculaban a los bailarines, los planetas y los astros, intentando restablecer la armonía entre el cielo y la tierra.
Publicado en Ventizca (revista libro, edición invierno junio 2009, páginas 8-10)
Cuando me convocaron para escribir este artículo lo primero que me surgió, dada mi formación, fueron las categorizaciones mítico-simbólicas del espacio y la danza, sostenidas a través de los milenios por el hombre primigenio y, luego, en forma más elaborada, por los enfoques metafísicos de las diversas filosofías tradicionales y religiones.
Para esta perspectiva el espacio es “una región intermedia entre el cosmos y el caos. Como ámbito de todas las posibilidades es caótico, como lugar de las formas y de las construcciones es cósmico”[1] La danza, dentro de la misma visión, contribuye a esta dialéctica entre Cosmos y Caos, dado que a través de las figuras de los dioses y héroes míticos aporta a la organización de las formas (Cosmos) o a la reabsorción cíclica de éstas (Caos). Las danzas rituales restablecían las relaciones entre el cielo y la tierra ya sea que reclamen amor, fertilidad, lluvia, victoria o incluso la disolución de todas las formas en el ente creador.